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Fuera de sí por Leila Tschopp

para la exposición Desborde en la sala inmersiva de palacio Libertad en Buenos Aires, Argentina, 2026

En el trayecto de una obra, los procesos muestran asuntos que aún no han sido pensados por el artista o que su conciencia todavía no conoce. Se devela en el presente algo futuro que está por venir o, apuntando de regreso al ahora, la obra nos señala una dirección desde el futuro.

 

Así, a la serie de fotografías, videos y performances que Patricia Viel hizo durante años en Señales de humo para otros mundos, acumulando señales de bengala lanzadas en el territorio patagónico, le sucedió un gesto que tardó algún tiempo en revelar sus implicancias y que ahora conforma la obra Desborde.

Esas imágenes —en las que las columnas de humo coloreado eran emitidas como mensaje o forma de comunicación hacia un otro potencial— se volvieron sobre sí mismas y, en ese gesto de reflejo especular, surgieron nuevas relaciones posibles con el entorno. La narración que dotaba de sentido al acto de comunicación en el paisaje actuaba también como reflexión sobre ese vínculo, al mostrar una manera de percibir el tiempo, el cuerpo y el espacio. Hubo que mirar de nuevo muchas veces para hacer aparecer otro modo de entender lo que nos rodea, desnaturalizando los órdenes que hemos inventado y a los que nos hemos acostumbrado.

Horizontes, terrenos, cuerpos y señales de humo comenzaron a multiplicarse, superponerse y propagarse enloquecidamente en mosaicos y ventanas, en simetrías axiales y patrones caleidoscópicos, dando origen a un nuevo paisaje alterado y dejando ver nuevas preguntas que las nociones de espacio y territorio marcan sobre nuestros cuerpos y viceversa. De este modo, una técnica ancestral de comunicación se reunió con herramientas digitales para construir una obra inmersiva que perturba los modos tradicionales de organizar el tiempo, el espacio y las maneras en que los percibimos.

 

La perspectiva lineal, como paradigma que ha dominado por siglos nuestra experiencia, define el espacio como algo calculable, medible y predecible, situando los límites de la comunicación y de la comprensión. También organiza el tiempo en base a una línea de horizonte estable que permite la predicción matemática y el progreso lineal. Del mismo modo, estas nociones construyen un observador que se sitúa frente a un otrx, distinto y en oposición. Si bien en el presente podemos pensarnos atravesados por paradigmas visuales diversos en los que la perspectiva se complementa con otros tipos de visión, muchos de los modos impuestos por esta representación que se afirmaba universal y natural, aún persisten y nos conforman.

Como plantea Hito Steyerl en su ensayo En caída libre, “Nuestro tradicional sentido de la orientación –y junto a él, los conceptos modernos de tiempo y espacio– están basados en una línea estable: la línea del horizonte. […] Actualmente nuestro sentido de la orientación espacial y temporal ha cambiado radicalmente como consecuencia de las nuevas tecnologías de vigilancia y monitoreo. Uno de los síntomas de esta transformación es la creciente importancia de las vistas aéreas: panorámicas, Google Maps, imágenes por satélite, etc.”

En este contexto, lo que Patricia permite a través del montaje y la manipulación de las imágenes de sus propias obras, es volver a los procedimientos dispositivos para desestabilizar la perspectiva del observador, quebrar el tiempo y transformar los sentidos.

Mientras caes, dice Hito, pierdes toda conciencia de qué es lo que está arriba y qué abajo, qué viene antes y qué después, pierdes conciencia de tus contornos. Se altera todo sentido de equilibro; las líneas se inclinan o se desploman, se funden, se borran o desaparecen.

La línea de tiempo, como la línea de horizonte, organiza tradicionalmente nuestra experiencia en torno a una secuencia sucesiva de acontecimientos y está muy relacionada con una visión desencarnada, una mirada ideal que enfoca hacia adelante y se separa de lxs otrxs. Entonces, ¿qué nuevos esquemas de tiempo y espacio podrían pensarse si todo nuestro cuerpo, incluyendo los ojos sostenidos por los músculos del cuello, están inmersos, envueltos y confundidos, desorientados por un collage de imágenes y sonidos que flotan y se mueven a nuestro alrededor? Si nuestra experiencia espacial y temporal estuviera ahora orientada por el registro de nuestros oídos, por imágenes que, como el sonido, se desplazan en todas direcciones al mismo tiempo, no ya en una línea recta por delante sino como puntos en suspensión en todos los planos, ¿qué nuevos modos de representar el mundo- histórica, ambiental, territorialmente- podrían surgir con esta apertura?

 

En el pasaje de la obra como fotografía y video que registra una acción en el espacio a la obra como experiencia inmersiva en la que las mismas imágenes se convierten en un ambiente para habitar, se instaura una nueva lógica para los cuerpos y los territorios. Una falla en la percepción que produce una revelación en la que es posible imaginar otras formas de intercambio entre nosotros y el mundo. Una totalidad envolvente, porosa y permeable en la que los cuerpos y sus entornos se afectan en relaciones de interdependencia y contacto. Una atmósfera vital que respira y nos propone un ritmo que acompañar pero que también nos señala las repercusiones materiales de la infraestructura invisible que establecen las fuerzas digitales.

 

Al modo de una ópera, una obra total barroca o un espectáculo contemporáneo, Desborde se organiza en estadios, actos o momentos que tienen distintos efectos sobre nuestro cuerpo y también sobre los sentidos. Sin embargo, si bien la obra está construida sobre una estructura narrativa, el hecho de que se repita en loop y el espectador pueda ingresar en cualquier momento de la secuencia, quiebra cualquier posibilidad de orden progresivo que guíe la acción hacia un sentido último o definitivo.

Estos distintos estados que crea la obra disparan asuntos de diversa índole en la reflexión sobre el paisaje y la relación sujeto-entorno.

Por un lado, es posible identificar un estado de fluidez de las imágenes, en el que todo se mezcla: el cielo se confunde con el suelo, las plantas se derraman lentamente sobre el humo y todo se abre hacia lo otro cercano, modificándose recíprocamente. Las coordenadas tradicionales que ordenan el espacio se van diluyendo en pos de la inmersión como condición de vida. “Fluida es la estructura de la circulación universal, el lugar en el que todo tiene contacto con todo, y alcanza a mezclarse sin perder su forma y su propia sustancia”, señala Emanuele Coccia en La vida de las plantas. El paisaje aquí es soplo, clima y atmósfera; nos envuelve como un cuerpo sutil y nos propone abrir nuestra atención hacia aquello que se despliega lentamente pero sin pausa, de forma continua e ininterrumpidamente. Como quien traspasa un líquido de un recipiente a otro en un flujo continuo, el entorno y nuestro cuerpo en él se hacen conscientes de cada etapa del proceso.

Por otro lado, surge un momento en el que el paisaje comienza a fragmentarse marcando un ritmo visual y sonoro de mayor intensidad. Las imágenes se vuelven más deslumbrantes y las alteraciones digitales saturan el ambiente de mayor información, proponiendo una experiencia futura y dislocada del mundo del que somos parte. El sentido de inadecuación que surge entre tiempos, velocidades y espacios diferentes que se superponen, se intensifica con la ruptura de la continuidad espacial real y con algunos momentos en los que es posible identificar explosiones urgentes e impetuosas. La fluidez del ambiente es ahora aquella que propone el mundo digital: veloz, vibrante, disruptiva. Nuestros modos tradicionales de mirar y percibir estallan, giran y se distorsionan. Surgen nuevos tipos de visualidad que nos desorientan, provocando experiencias de vértigo, desvío o torpeza.

 

Tanto en la lenta viscosidad del intercambio fluido como en el estallido resquebrajado de lo múltiple, estos momentos de desorientación pueden ser vitales; son experiencias corporales que sacuden el mundo, empujan el cuerpo, lo inclinan. La sensación de haber roto algo en mil pedazos puede provocar una crisis pero, también, puede permitir al cuerpo reorientarse. Recoger los añicos como quien recoge piedras y las guarda, encontrando la vida en un bolsillo cercano al cuerpo.

La pregunta que aparece, finalmente, es qué hacemos con esta desorientación que experimentamos; si puede abrirnos nuevas direcciones de vida posible, vivible. Si estiramos la mano y encontramos nuevamente algo en lo que apoyarnos o si, en lugar de ello, tocamos la indeterminación del aire y seguimos perdidos.

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