
LA IMAGEN HERIDA

Durante más de veinte años, Viel construyó un archivo fotográfico sobre una Patagonia alejada de la imagen espectacular: ríos bajos, piedras, monte, viento y distancias conforman un territorio atravesado por memorias, experiencias y formas de vida. En “Salvaría el Fuego”, ese archivo se convierte en el punto de partida de una investigación sobre la imagen, la pérdida y aquello que permanece.
El fuego atraviesa la práctica de Patricia desde hace años. En trabajos anteriores aparecía como condición para producir humo y emitir señales hacia el horizonte. En las obras recientes, la combustión cambia de lugar y actúa directamente sobre la superficie fotográfica: el papel se quema, se perfora y se abre. La fotografía deja de funcionar únicamente como representación para adquirir espesor, materia y memoria propia.
La muestra parte de una pregunta que organiza la investigación curatorial: ¿qué puede hacer una imagen después de una pérdida? La obra no intenta ilustrar aquello que ocurrió ni reconstruir lo perdido. Viel desarrolla, en cambio, un procedimiento material capaz de transformar la relación con lo vivido.
Cada intervención vuelve singular una fotografía que podría haber existido como múltiple. El agujero quemado destruye una parte de la imagen, pero, al mismo tiempo, permite que la luz y el espacio la atraviesen. La ausencia deja así de operar solamente como falta y se vuelve una condición productiva: allí donde la fotografía encuentra su límite, se abre la posibilidad de otra experiencia.
La investigación alcanza también al montaje, donde fotografía, materia y arquitectura ponen en tensión los límites de la representación y las formas posibles de la percepción. El proyecto desplaza así la mirada desde el paisaje hacia el cuerpo y desde la conservación hacia la transformación.
En “Salvaría el Fuego”, aquello que alguna vez fue destrucción reaparece como procedimiento y potencia: no para restituir lo perdido, sino para producir una nueva forma de relación con lo que permanece.
N.º 2871
La imagen herida

N.º 3051
La imagen herida

N.º 8235.
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N.º 2860
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N.º 3073
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N.º 0177
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N.º 1253
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N.º 2887
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N.º 2054
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N.º 7899
La imagen herida

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N.º 2901
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N.º 29881
La imagen herida
SALVARÍA EL FUEGO
Patricia Viel
Curaduría: Mariana Rodríguez Iglesias
ALMACÉN |arte contemporáneo|
Pareces haberte ido,
pero permaneces en un universo invisible,
en ese otro lugar cuyos gestos
no pueden leerse al revés.
Jean Cocteau
¿Cómo seguimos percibiendo el mundo después de que algo nos atraviesa? Durante más de veinte años, Patricia Viel construyó un archivo persistente sobre una Patagonia plural. Una geografía lejos de las postales de glaciares o lagos turquesa: el río bajo, las piedras junto a la orilla, el monte, una tierra marcada por el viento donde la distancia no es una vista panorámica sino una forma de organizar la vida. Un territorio de paisajes, memorias, biografías y proyecciones. Hoy ese archivo ya no se ocupa únicamente de conservar un pasado, sino que registra formas de reparar y de seguir viviendo con una herida a cuestas. El fuego termina mucho antes que sus efectos. Toda percepción encuentra una trama desde la cual mirar. Después de ciertos acontecimientos el mundo sigue estando ahí, aunque ya nunca vuelva a verse igual. Miramos desde una historia, desde una memoria, desde un cuerpo. También miramos desde aquello que falta.
Hay un incendio en el origen de esta serie, pero la obra empieza un poco después: cuando una imagen tiene que aprender qué hacer con esa pérdida. Acostumbramos pedirle a las imágenes que conserven algo (un rostro, un paisaje, un instante, una prueba de existencia), pero en esta serie la imagen asume otra tarea. Tuvo que aprender a perder. Las imágenes tienen una biografía. Nacen, circulan, sobreviven, cambian de función. Algunas conservan; otras olvidan; otras aceptan perder una parte de sí para descubrir que todavía pueden hacer algo más. Durante años, las primeras bengalas aparecieron en el paisaje patagónico dibujando señales que el viento deshacía en segundos, donde importaba menos quién podía verlas que el acto mismo de emitirlas. Algo cambió con el tiempo: el lugar donde la combustión actúa. La combustión ya no ocurre únicamente delante de la cámara: ocurre sobre la fotografía. El papel se pliega, se quema, se abre. La imagen deja de ser solo una imagen para convertirse en un objeto que atravesó una experiencia. El fuego toca la superficie fotográfica como antes tocó el paisaje. La imagen encuentra así un procedimiento: se perfora, deja pasar el espacio, incorpora el tiempo de quien mira y acepta que la falta forma parte de su materia. La marca dejó de ser una consecuencia para operar como un procedimiento desde el cual volver a mirar(se).
Estas obras producen una experiencia física. La imagen quemada deja pasar el espacio que hay detrás del papel y la luz de la sala. El vacío recibe el tiempo de quien observa. Al no conseguir contener todo lo que ocurre, la fotografía descubre un reverso y empieza a respirar en el mismo presente que sus espectadores, convirtiéndose en un cuerpo más en la sala. Hay algo profundamente humano en esa operación. Ningún cuerpo procesa una pérdida del mismo modo y tampoco existen dos imágenes capaces de perder igual. Ninguna memoria conserva igual, ningún agujero se repite. El papel destruido se vuelve irrepetible. Cada imagen quemada ensaya una manera de seguir viviendo con aquello que permanece abierto. Reparar tiene menos que ver con cerrar una herida que con descubrir todo lo que todavía puede pasar a través de ella. Esa tensión se despliega en el espacio. La exposición comienza antes de entrar: la vidriera filtra la visión mediante una trama de microperforaciones, haciendo que desde la calle ya se mire parcialmente. Adentro, una retícula incompleta vuelve visible la ausencia como parte del montaje, los casquillos conservan el peso de la combustión y las fotografías verticales desplazan el paisaje del horizonte hacia la escala del cuerpo. Cada decisión insiste sobre la misma operación: abrir. La obra dejó de preguntarse cómo enviar una señal al horizonte y empezó a preguntarse qué puede hacer una imagen cuando no alcanza con representar lo vivido. Con el tiempo, las imágenes aceptan que toda visión tiene un límite y que toda perspectiva nace junto con una zona ciega. El agujero quemado no reemplaza aquello que falta, le hace lugar. Allí donde la imagen reconoce que ya no alcanza, no cierra el sentido: empieza, simplemente, a dejar pasar. Y entonces cambia nuestra manera de experimentarlas.
Curaduría: Mariana Rodríguez Iglesias